El vicepresidente JD Vance lidera una delegación estadounidense en negociaciones directas con funcionarios iraníes en Islamabad, con Pakistán como mediador.
El vicepresidente JD Vance, el enviado especial Steve Witkoff y Jared Kushner se sentaron frente al presidente del Parlamento iraní Mohammad Bagher Ghalibaf y el ministro de Asuntos Exteriores Abbas Araghchi en el Hotel Serena de Islamabad — el primer encuentro directo y presencial entre Washington y Teherán desde la Revolución Islámica de 1979. El primer ministro pakistaní Shehbaz Sharif y el jefe del ejército mediaron el encuentro, posicionando a Islamabad como el terreno neutral donde dos enemigos podían finalmente hablar cara a cara después de seis semanas de guerra.
La delegación iraní llegó con 71 miembros, repleta de expertos técnicos del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, el Banco Central y comisiones parlamentarias — una señal de que Teherán vino preparado para negociar detalles, no solo intercambiar cortesías. El bando estadounidense, por el contrario, apostó por la austeridad: tres responsables principales respaldados por un pequeño equipo de asesores. La asimetría refleja dos teorías diferentes de negociación — Irán confiando en la profundidad institucional, EE.UU. apostando por la autoridad personal y el acceso directo al presidente.
La agenda es de una magnitud vertiginosa. Irán exige soberanía reconocida sobre el Estrecho de Ormuz, el levantamiento de todas las sanciones primarias y secundarias, y una resolución vinculante del Consejo de Seguridad de la ONU. Estados Unidos quiere que Irán entregue su arsenal de uranio enriquecido, acepte restricciones permanentes a su programa nuclear y reabra Ormuz sin condiciones. Entre esas dos posiciones se encuentra el espacio donde debe encontrarse un acuerdo — o el alto el fuego colapsa y los disparos vuelven a comenzar.